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CAPÍTULO I
De la elección y preparación de los niños al estado clerical en el Seminario

605. Entre las muchas y gravísimas necesidades que angustian a la Iglesia de Dios en nuestras vastísimas comarcas, y deben preocupar los ánimos y estimular el celo, no sólo de los Pastores sino de los fieles, se cuenta, sin duda alguna, la de proveer con suma diligencia a la formación de los clérigos. Una triste experiencia nos enseña que, cuando en la educación y formación del clero no se llega a la altura debida, poco se adelanta en la reforma de costumbres de los fieles. Por tanto, acerca de la formación del clero, nos ha parecido bien decretar cuanto se hallará en los siguientes capítulos.

606. Nadie se atreva a revestirse de la altísima dignidad, y los honores del estado clerical y del sacerdocio, sino el que, como Aarón, es llamado por Dios[707]. Al Señor le toca elegir a los que quiere que le pertenezcan, y sean dispensadores de sus misterios.

607. Empéñense, por tanto, los párrocos y confesores en apartar de los peligros del mundo a los niños y adolescentes que parezcan llamados por Dios al sacerdocio, en excitarlos a la piedad y a los estudios, y en fomentar en ellos el germen de la divina vocación. Con igual ahinco amonesten, por una parte, a aquellos que ponen impedimentos a la vocación de sus hijos, y por otra, a los que, impulsados por motivos humanos o profanos, quieren encaminar hacia el santuario a aquellos de sus hijos, en que no se notan ni aun las más leves señales o probabilidades de vocación eclesiástica.

608. Es la mente de la Santa Madre Iglesia, que los niños llamados al Santuario se formen en colegios clericales o seminarios, y en ellos se eduquen religiosamente, se preparen al santo ministerio y se instruyan en las ciencias sagradas.

609. Cada diócesis ha de tener su Seminario. Aun sería de desearse que tuviera dos: uno menor, en que los niños estudien las humanidades, y uno mayor para los alumnos que se dedican al estudio de la filosofía y de la Teología, y que han de ser promovidos en breve a las órdenes sagradas. Se deja al prudente arbitrio de los Obispos, el permitir que se cursen los estudios filosóficos también en los Seminarios menores, con tal que se enseñe la filosofía escolástica, desterrando los textos en lengua vulgar, y llenando el tiempo prescrito para el curso filosófico.

610. Elíjanse para rectores y profesores de los Seminarios, conforme a lo mandado por el Concilio de Trento, personas que no sólo se distingan por su ciencia, sino también por su piedad, virtud y prudencia, y que sirvan de guía a los alumnos, no sólo con la palabra sino con el ejemplo.

611. Cada Obispo, con el consejo de dos canónigos, escogidos entre los más graves y ancianos[708], conforme a lo prescrito en la Instrucción de la S. Congregación del Concilio de 15 de Marzo de 1897[709], forme cuanto antes un reglamento para su Seminario diocesano, ajustado a las normas que aquí se dan, para que tanto los alumnos que en él se educan para servir más tarde a la Iglesia, como los que trabajan en formar y educar al clero, sepan lo que han de sentir, obrar y observar.

[707] Ad Heb. v. 4.

[708] Conc. Trid. sess. 23. cap. 18 de ref.

[709] V. Appen. n. XCV.


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