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CAPÍTULO VII
De los Examinadores Sinodales

247. En cada diócesis se nombrarán por lo menos seis examinadores del clero, "que sean Maestros, o Doctores, o Licenciados en Teología o Derecho Canónico, u otros Clérigos, o Regulares aun de las órdenes Mendicantes, que parezcan más idóneos; y todos jurarán sobre los Santos Evangelios, que haciendo a un lado todo afecto humano, cumplirán su cometido con fidelidad"[297].

248. Guárdense los Examinadores de recibir nada con ocasión del examen, ni antes ni después del mismo; de otra suerte tanto ellos como los donantes quedarán manchados con el delito de simonía[298].

249. La elección de los Examinadores sinodales debe hacerse en el Sínodo diocesano. De otra suerte, acudirá el Obispo a la Santa Sede por las facultades necesarias. En toda esta materia ténganse presentes las normas prescritas por el Concilio de Trento, y la doctrina de Benedicto XIV en su áureo libro de Synodo Diocesana, lib. 4. c. 7.

250. A los mismos Examinadores, o a otros que indicará el Obispo, se sujetarán los que soliciten las sagradas órdenes o licencias de confesar, salvo que el Obispo los eximiere del examen, porque le conste de cierto por otro lado que tienen la aptitud suficiente. Acuérdense todos aquellos a quienes concierne, que el Obispo puede llamar a examen a los párrocos y curas interinos, aun después de aprobados para la cura de almas, cuando hay vehemente sospecha de su impericia; y que puede hacerlo aun fuera de la visita pastoral; y que para ello no es necesario que precedan pruebas judiciales de impericia[299].

[297] Conc. Trid. sess. 24. cap. 18 de ref.

[298] Cfr. Conc. Trid. sess. 24. cap. 18 de ref.

[299] S. C. C. 15 Enero 1667, ap. Lucidi, de Vis. SS. Lim. Cap. 3. n. 277.


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