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CAPÍTULO VI
De los Consultores o Asesores de los Obispos

242. Llamamos Consultores o Asesores a los eclesiásticos, eminentes por su ciencia, virtud y madurez, que deben hacer las veces del Cabildo ayudando al Obispo con oportunos consejos para el gobierno de la diócesis, en los asuntos de mayor importancia. De aquí se deduce que sólo deben nombrarse en las diócesis que no tienen Cabildo de Canónigos. "Es antiquísima costumbre en la Iglesia Católica, dar a los Prelados el auxilio de algunos ancianos (que en los asuntos más importantes ayuden al Obispo) para mayor facilidad y madurez en el despacho de los negocios: lo cual se ha llevado a cabo en tiempos posteriores por medio de los Cabildos de las Iglesias Catedrales"[293].

243. Cuatro, y en las diócesis muy escasas de clero, dos serán los Consultores, que elegirá el Obispo entre los que juzgare más dignos de su confianza, previo el consejo de algunos, recomendables por su doctrina, madurez e integridad de costumbres: residirán en la Ciudad episcopal o en las cercanías. Antes de ser llamados a desempeñar sus funciones, prestarán juramento de guardar secreto, y de cumplir fielmente los deberes de su cargo, sin acepción de personas.

244. Se elegirán los Consultores por tres años. Después de su elección, ninguno podrá ser removido contra su voluntad, sino es por legítima y justa causa y de acuerdo con los demás Consultores. Habrá justa causa, cuando por la vejez, enfermedad o cosa semejante se haya vuelto inhábil a desempeñar el papel de Consultor, o cuando por algún grave delito se haya hecho indigno de tan honorífico cargo, o por su propia culpa haya padecido en su fama notable detrimento. Al Consultor saliente por remoción o renuncia, sustituirá otro el Obispo, pero de acuerdo con los demás Consultores. Cuando el trienio expire sede vacante, los Consultores seguirán en su cargo hasta la llegada del nuevo Obispo, quien, en el término de seis meses contados desde que hubiere tomado pacífica posesión de su silla, estará obligado a proceder a la elección de Consultores[294].

245. El Obispo pedirá su voto o consejo: 1o. para la convocación, del Sínodo Diocesano; 2o. para la división, desmembración o unión de parroquias; 3o. para entregar in perpetuum una parroquia a Regulares, lo cual sin embargo, aunque todos lo aprueben, no llevará a cabo sin permiso de la Sede Apostólica; 4o. para elegir examinadores sinodales, si el sínodo diocesano no pudiere fácilmente reunirse, y previo indulto Apostólico; 5o. en cualquier negocio arduo en el gobierno de la diócesis; 6o. cuando se trata de enajenar bienes eclesiásticos, que excedan del valor de mil duros o sea cinco mil francos (oro), o de constituir hipotecas, o de contratos que tienen apariencias de enajenación; previo siempre el permiso de la Santa Sede, necesario para estas enajenaciones[295].

246. El voto de los Consultores "es siempre consultivo, y la sentencia definitiva se reserva al Obispo; pues cuando los cánones dicen que el Obispo ha de hacer tal o cual cosa con el consejo del Cabildo o del clero, no por esto ponen al Obispo en la necesidad de seguirlo, salvo que expresamente se diga"[296].

[293] S. C. de Prop. Fide 18 Octubre 1883 (Coll. P. F. n. 239).

[294] Conc. Plen. Sydneiense an. 1885, art. 34.

[295] Cfr. Conc. Plen. Sydneiense an. 1885, art. 31. 32.

[296] Ita S. C. Prop. Fid. circa Commissionem investigationis pro Statibus Foederatis 20 Julio 1878 V. Appen. n. XLIII.


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