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CAPÍTULO I
De los principales errores de nuestro siglo

97. Así como la verdad es la libertadora y defensora de los pueblos, así la falsedad y el error son el obstáculo que se opone a la felicidad tanto de los individuos como de las sociedades; y si casi en todos los Estados que se glorían de su civilización, hay tantas y tan terribles calamidades, debe atribuirse con justicia a los errores y falacias de los impíos. A nadie se oculta que en este nuestro siglo nefasto han declarado cruda guerra al catolicismo, esos hombres que, unidos entre sí en nefando consorcio, no sufriendo la sana doctrina, y cerrando los oídos a la verdad, se esfuerzan por sacar de sus escondrijos todo género de abominables errores, por hacinarlos cuanto pueden, y por divulgarlos y diseminarlos. Nos horroriza y aflige en extremo el recordar los mostruosos errores, los variados e innumerables artificios para hacer daño, las asechanzas y maquinaciones con que estos enemigos de la verdad y de la luz, y hábiles inventores de engaños, trabajan por extinguir en todos los corazones el amor a la honestidad, por corromper las costumbres, trastornar todo derecho divino y humano y conmover, derribar, y si fuera posible, arrancar de cuajo la religión católica y la sociedad civil[129].

98. Para evitar tantos y tan grandes peligros en todas líneas, procuren los fieles con todas sus fuerzas huir como de peste mortífera, aun de toda apariencia de error. Y por cuanto, como dice S. Bernardo[130], nunca se engaña al bueno sino simulando lo bueno, por ningún motivo escuchen los fieles, antes bien, con mayor fortaleza desechen las falacias de aquellos que invocando falsamente los nombres de civilización, progreso, ciencia, humanidad, beneficencia o filantropía, y fingiendo motivos de amistad y cariño, poco a poco enredan a los incautos en los lazos de la perdición. Teman más todavía las declamaciones de aquellos, que no siendo muy ortodoxos en materia de religión, quieren ser considerados y aparecer religiosos, en algunas solemnidades públicas del culto católico.

99. Con el Concilio ecuménico Vaticano condenamos la impiedad de los que, engañándose a sí mismos y a los demás, se jactan de profesar el ateísmo. Por tanto si alguno negare que hay un solo Dios verdadero, Creador y Dueño de las cosas visibles e invisibles, sea anatematizado[131].

100. Condenamos igualmente las falsas doctrinas de los materialistas, que reducen al hombre a un mero organismo corporal y suprimen por completo la espiritualidad del alma y toda moralidad. Por tanto, si alguno no se avergonzare de afirmar que fuera de la materia nada existe, sea anatematizado[132]. De igual manera condenamos la increíble aberración de aquellos que, olvidados de la dignidad humana, no temen afirmar que los hombres, dotados de alma espiritual y de razón, descienden de los animales.

101. Desechamos y condenamos los delirios de los panteístas, y declaramos lo siguiente con el Concilio Vaticano: Si alguno dijere que la sustancia y la esencia de Dios y la de todas las cosas es una y la misma; o que las cosas finitas así corpóreas como espirituales, o por lo menos las espirituales, emanaron de la divina sustancia; o que la divina esencia en la manifestación o evolución de sí propia se convierte en todas las cosas; o que Dios es un ente universal o indefinido, que determinándose constituye la totalidad de las cosas, separada en géneros, especies e individuos; sea anatematizado[133]. Igualmente, si alguno no confiesa que el mundo y todas las cosas que en él se contienen, tanto espirituales como materiales, en toda su substancia, fueron creadas por Dios de la nada; o dijere que Dios las creó, no por una voluntad exenta de toda necesidad, sino por una necesidad igual a la necesidad que tiene de amarse a sí mismo, o negare que el mundo fue creado para la gloria de Dios, sea anatematizado[134].

102. Condenamos y desechamos los errores de los racionalistas, quienes proclamando que la razón humana es la única fuente de toda verdad especulativa y práctica, excluyen el orden sobrenatural, y despreciando la autoridad de Dios revelador y de la Iglesia docente, juzgan que el hombre debe ser guiado sólo por la luz de la razón. Por tanto, con el Concilio Vaticano declaramos: Si alguno dijere que el hombre no puede ser elevado por Dios a un conocimiento y una perfección superior a la natural, sino que por sí solo puede y debe llegar con progreso continuo a la posesión de toda verdad y todo bien, sea anatematizado[135]. Por tanto, condenamos el error de aquellos que no temen afirmar que la razón humana, sin tener a Dios en cuenta en modo alguno, es el único juez de la verdad y del error, del bien y del mal, que ella es su propia ley, y que con sus fuerzas naturales basta para procurar la prosperidad de los hombres y de los pueblos[136]. Desechamos igualmente todos los errores de cuantos discurren de esta manera: Puesto que la razón humana es equivalente a la misma religión, por tanto las ciencias teológicas han de tratarse ni más ni menos que como las filosóficas: o que raciocinan de esta obra: Todos los dogmas de la religión cristiana sin diferencia alguna, son objeto de las ciencias naturales o de la filosofía; la filosofía no puede ni debe someterse a autoridad alguna; la filosofía debe tratarse sin tener en cuenta para nada la revelación sobrenatural[137].

103. Condenamos aquí, como contagiados por la peste del naturalismo bien a aquellos que en el orden especulativo ensalzan a tal grado la ciencia humana y los derechos de la razón, que desechan hasta la misma noción de la revelación, bien a aquellos que en el orden práctico, quitando a la sociedad toda revelación, y toda autoridad de Dios y de la Iglesia, proclaman la separación de la Iglesia y del Estado y el ateísmo político, cubierto con la máscara de civilización y de progreso. Condenamos de igual suerte las falsas doctrinas del positivismo, que tan absurda como impíamente pretende que la mente humana no alcanza a tocar la naturaleza de las cosas, sino únicamente los fenómenos que caen bajo los sentidos; que enseña que ninguna fuerza demostrativa ha de atribuirse a los argumentos llamados a priori, sino únicamente a los hechos probados con observaciones y experimentos, como suele hacerse en las cosas físicas; y que todas las doctrinas metafísicas acerca de Dios, del mundo y del alma, deben ser consideradas otras tantas quimeras como que se refieren a materias impenetrables a la investigación humana. De este fatal error que defiende a la par el ateísmo, el materialismo y el naturalismo, juntos en uno solo, guárdense con gran cuidado los incautos estudiantes de medicina y ciencias naturales, cuya atención suelen llamar los libros y tratados casi innumerables de autores hostiles a la fe católica, escritos con grande aparato de falsa erudición y ciencia, pero ajenos por completo a la sólida y recta filosofía.

104. Del naturalismo se derivan todos los errores del liberalismo. El blanco a que miran en filosofía los Naturalistas y Racionalistas, es el mismo a que tienden en materias morales y políticas los fautores del Liberalismo, quienes llevan a la vida práctica los principios sentados por los Naturalistas. Pretenden que en ella no hay autoridad divina que obedecer, sino que cada cual es su propia ley; de donde nace esa filosofía moral que llaman independiente, que con apariencia de libertad aparta la voluntad de la observancia de los divinos preceptos, y suele dar al hombre desenfrenada licencia[138].

105. El peor carácter del Liberalismo, y la mayor degeneración de la libertad, consiste en desconocer por completo la soberanía de Dios y en rehusarle toda obediencia, así en la vida pública, como en la privada y en la doméstica. Grande afinidad tienen con él, los principios de aquellos que convienen en que es preciso sujetarse a Dios, mas en cuanto a las leyes dogmáticas o morales que no alcanza a comprender la naturaleza, pero que han sido dadas con autoridad divina, las rechazan audazmente, o por lo menos declaran que no se deben tener en cuenta, especialmente en la vida pública del Estado[139].

106. Divídese el liberalismo en dos opiniones. Muchos quieren que el Estado esté separado de la Iglesia radicalmente y en su totalidad, de suerte que en la constitución de la sociedad, en sus estatutos, costumbres, leyes, empleos públicos, o en la educación de la juventud, no haya que tomarse la Iglesia en más consideración que si no existiese; permitiéndose a lo sumo individualmente a los ciudadanos el practicar en lo privado la religión si les pluguiere. Admiten, por tanto, este absurdo principio: que el ciudadano venere a la Iglesia y el Estado la desprecie. Otros no desconocen, ni pueden desconocer, la existencia de la Iglesia; pero la despojan de su índole y de sus derechos naturales de sociedad perfecta, y pretenden que no le compete legislar, juzgar, castigar, sino únicamente amonestar, exhortar y gobernar a los que espontánea y voluntariamente se le sujeten. Exageran, además, el poder y autoridad del Estado hasta el extremo de sujetar la Iglesia de Dios al imperio y potestad del mismo Estado, como una de tantas compañías o asociaciones voluntarias de ciudadanos[140].

107. A muchos, por último, no agrada la separación de la Iglesia y del Estado; pero juzgan que aquella debe plegarse a las exigencias de los tiempos, y acomodarse a lo que la prudencia actual requiere para la buena administración de las naciones. Justa es esta opinión, si se entiende de ciertas medidas equitativas compatibles con la verdad y la justicia; es decir, cuando la Iglesia, con la esperanza de algún gran bien se muestra indulgente, y concede a los tiempos cuanto buenamente puede, salva la santidad de su misión. Sobre ésto no toca a ningún particular decidir sino sólo a la Iglesia y a su Jefe Supremo. Otra cosa debe decirse, si aquella opinión se refiere a asuntos o doctrinas que las transformación en las costumbres, o erróneos juicios, han introducido contra todo derecho. No hay época alguna en que se pueda vivir sin verdad sin religión y sin justicia; habiéndolas puesto Dios, santas y de grande importancia como son, bajo la tutela de la Iglesia, extraño sería el querer que disimularan lo que es falso o injusto, o prestaran su connivencia a las maquinaciones contra la religión[141].

108. Desechamos y condenamos los errores del indiferentismo, o sea de aquellos que afirman que cada cual es libre para abrazar y profesar la religión que, guiado por la luz de su conciencia, juzgare verdadera; que los hombres, sea cual fuere su culto y religión, pueden hallar el camino de la salvación y conseguir la eterna gloria; o que por lo menos, hay que fomentar esperanzas sobre la eterna salvación de aquellos que no viven en el seno de la verdadera Iglesia[142].

109. Nadie ignora, dice el Concilio Vaticano, que las herejías que condenaron los Padres Tridentinos, por cuanto habiendo desechado el magisterio divino de la Iglesia sometieron al juicio individual todo lo perteneciente a la religión, se han ido poco a poco disolviendo en muchas sectas, que disintiendo entre sí y combatiendo las unas contra las otras, han dado por resultado que la fe en Jesucristo se ha perdido en muchos de sus adeptos. Así es que la misma Biblia sagrada que antes se proclamaba única fuente y juez de la doctrina cristiana, ya no se considera divina, sino que ha empezado a relegarse entre las fábulas mitológicas[143]. De lo cual ha tenido que resultar que surgiesen muchas sentencias diversas y opuestas entre sí, aun sobre aquellas materias que son las principales entre los conocimientos humanos[144]. Por tanto, yerran cuantos afirman que el Protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera religión cristiana, en la cual se puede agradar a Dios ni más ni menos que en la Iglesia Católica[145].

110 Del Protestantismo han emanado todos los errores político-sociales que perturban las naciones. "A la que llaman Reforma (dice N. Smo. Padre León XIII) cuyos favorecedores y caudillos hicieron cruda guerra con sus nuevas doctrinas a los poderes eclesiásticos y civiles, siguieron repentinos tumultos y audaces rebeliones, sobre todo en Alemania, que acarrearon tales matanzas y disensiones civiles tan sangrientas, que casi no hubo lugar que no se viera presa de revoluciones e inundado en sangre fraterna. De aquella herejía nacieron el siglo pasado esa mentida filosofía y ese derecho que llaman nuevo, y la soberanía popular y esa desenfrenada licencia que muchos juzgan es únicamente libertad. De estas se pasó a las plagas colindantes, del Comunismo, del Socialismo y del Nihilismo, negros verdugos y casi sepulcros de la sociedad civil"[146]. Lo que con igual motivo ha de entenderse del Anarquismo.

111. Desechando juntamente con los mencionados, cualesquiera otros errores, y en especial aquellos que se asientan en las Letras Apostólicas Testem benevolentiae[147], declaramos que no puede la Iglesia aprobar esa libertad, que engendra el desprecio de las leyes santísimas de Dios y desecha la obediencia debida a la potestad legítima. Esta es licencia más bien que libertad; y con justicia la llaman, S. Agustín libertad de perdición, y el Apóstol S. Pedro velo de malicia (I Petr. 11. 16): no sólo, sino que siendo irracional es verdadera esclavitud, porque quien comete el pecado es esclavo del pecado (Joan. VIII. 34). Por el contrario la libertad verdadera y apetecible es aquella que, si se atiende a la vida privada, no permite al hombre ser esclavo de los errores y pasiones, que son los tiranos más crueles; y si se trata de la vida pública, es la prudente reina de los Estados, suministra abundantemente los medios de aumentar el bienestar y la prosperidad, y defiende las naciones de la dominación extranjera. Ahora bien, todo lo que en los Estados contribuye al bienestar general; todas las instituciones útiles para poner coto a la licencia de los gobernantes que abusan del pueblo o que por el contrario impiden al gobierno que viole las libertades municipales o domésticas; cuanto sirve para sostener el decoro y la dignidad humana, y establecer la igualdad de derechos individuales, de todo esto la Iglesia Católica ha sido siempre inventora, favorecedora o defensora, como atestiguan los documentos de los siglos pasados. Siempre consecuente consigo misma, si por una parte rechaza la libertad desenfrenada, que acarrea la licencia y la esclavitud al individuo y a la sociedad, por otra parte acepta de buena gana las mejoras que traen los tiempos presentes, siempre que de veras constituyan la prosperidad de esta vida, que es como una jornada que nos conduce a la vida sin fin. Por tanto, el decir que la Iglesia se opone a la constitución moderna de las naciones, y que sistemáticamente rechaza cuanto produce el adelanto de nuestro siglo, es una vana y pura calumnia[148].

[129] Pius IX. Encycl. Qui pluribus. 9 Noviembre 1846.

[130] Serm. 66. in Cant.

[131] Const. Dei Filius.

[132] Ibid.

[133] Ibid.

[134] Const. Dei Filius.

[135] Ibid.

[136] Syllab. prop. 3.

[137] Syllab. prop. 8. 9. 10. 14.

[138] Leo XIII. Encycl. Libertas. 20 Junio 1888.

[139] Ibid.

[140] Leo XIII. Encycl. Libertas, 20 Junio 1888.

[141] Leo XIII. Encycl. Libertas, 20 Junio 1888.

[142] Syllab. prop. 15. 16. 17.

[143] Const. Dei Filius.

[144] Leo XIII. Encycl. Aeterni Patris, 4 Agosto 1879.

[145] Sullab. prop. 18.

[146] Leo XIII. Encycl. Diuturnum, 29 Junio 1881.

[147] Leo XIII. Epist. Apost. Testem benevolentiae ad Card. Gibbons, 22 Enero 1899 (De Americanismo). V. Appen. n. CXV.

[148] Leo XIII. Encycl. Immortale Dei, 1 Noviembre 1885.


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