<< >> Up Título Contenidos


CAPÍTULO III
De los Cementerios

913. La Iglesia sigue prestando sus servicios después de la muerte a los fieles, a quienes después de haber hecho renacer con el santo Bautismo, ha colmado de beneficios durante su vida; y cree también firmemente en la vida eterna, en la resurrección de la carne y en el purgatorio, donde los sufragios de la Iglsia militante pueden aliviar a las almas de los fieles allí detenidas. De aquí resulta que, desde los primeros siglos, los cuerpos de los fieles se depositaron en lugar sagrado, o en los cementerios; porque juzgamos que los cristianos, más bien que descansar en sus sepulcros, duermen aguardando el día de la resurrección universal, en que se despertarán como de un largo sueño, para entrar en la eterna felicidad. En nuestros días, la Iglesia con justicia condena y reprueba las maquinaciones de aquellos que, empapados en perversas doctrinas, defienden y promueven la cremación de los cadáveres[921], o erigen cementerios puramente civiles, en que, sin hacer distinción entre aquellos que han muerto en el seno de la Iglesia, y los que fuera de ella han fallecido, despreciando los sagrados ritos eclesiásticos, todos se sepultan con iguales honores.

914. Por lo cual este Concilio Plenario, ante todo, solemnemente declara el derecho que tiene la Iglesia católica sobre todos los cementerios católicos, puestos bajo su dominio, o por lo menos sujetos por la bendición ritual a la jurisdicción eclesiástica; y exhorta y conjura a todos los Prelados y fieles, a que con todas sus fuerzas, y por todos los medios legítimos, eviten la usurpación y profanación de los cementerios, y donde ya se ha consumado tal atentado, no descansen hasta que hayan recobrado sus sagrados derechos.

915. Tratándose de erigir nuevos cementerios, es indudable el derecho que compete a la Iglesia, de establecer camposantos reservados exclusivamente a sus fieles. Ordinariamente, cada parroquia debe tener el suyo propio, a no ser que, en las ciudades divididas en varias parroquias, se prefiera tener uno solo.

916. Ninguno, ni el mismo párroco, proceda a establecer un nuevo cementerio, antes que el Obispo del lugar haya ratificado sus planes y aprobado las condiciones de la empresa en su totalidad. Fácil será obtener la aprobación, si se escoge un lugar conveniente, bastante amplio, seco, en cuanto lo permita el clima, un poco elevado, y con todos los requisitos que la higiene prescribe; y que, además, no esté muy apartado, de modo que las exequias puedan celebrarse cómodamente y sin obstáculos, y los fieles acudir a visitar los sepulcros de sus deudos, siempre que se lo sugieran la devoción y la caridad.

917. Para que los cementerios, siendo, como son, lugares sagrados, estén al abrigo de todo peligro de profanación, se resguardarán con buenas cercas por todos lados, y tendrán puertas sólidas y seguras. Se colocará una cruz en el centro, alta, con base sólida, y lo mejor adornada que se pudiere. Conviene también que haya en el cementerio una capilla, con su correspondiente altar, y provista de ornamentos y vasos sagrados, para que pueda celebrarse el santo Sacrificio de la Misa.

918. El cementerio, para que pueda servir para la sepultura de los fieles, tiene previamente que santificarse con la bendición de rito, cuya bendición debe darse por el Obispo del lugar[922], o por un sacerdote por él delegado, y en la forma prescrita[923] por el derecho.

919. Como, con la bendición, queda el cementerio convertido en lugar sagrado, tengan cuidado los curas de evitar absolutamente que en los epitafios, elogios, estatuas y monumentos, haya nada inconveniente y profano. Aunque no es decoroso que los cementerios se cultiven como jardines de recreo, tampoco es conveniente que los camposantos cristianos carezcan del orden y decoro debidos.

920. Donde sea posible, los sepulcros de los sacerdotes y clérigos de inferior grado, estarán separados de los de los seglares, y como el Ritual Romano prescribe, en lugar más decente.

921. Conforme a la antigua y laudable costumbre de varias Iglesias, los infantes bautizados, y los párvulos que han fallecido antes del uso de razón, tendrán sus sepulturas especiales, si puede hacerse cómodamente; si no, se sepultarán en las tumbas de sus padres o en las comunes y ordinarias de los camposantos[924].

922. En el cementerio parroquial, en los lugares en que no hay uno exclusivamente para los no católicos, sepárese una porción sin bendecir, de la parte bendita, con una cerca, pared, reja o de otro modo conveniente, para enterrar a aquellos a quienes no se puede dar sepultura eclesiástica.

923. Siendo la sepultura eclesiástica un rito sagrado, así como el cementerio es lugar sagrado, a la Iglesia sola compete el derecho de declarar a quienes se ha de dar, y a quienes se ha de negar, la sepultura eclesiástica. De cuyo derecho la Iglesia ha usado siempre con discreción, y excluye de la sepultura eclesiástica, primero a los que no han entrado a la Iglesia por el bautismo; luego a los notorios apóstatas, herejes, cismáticos y excomulgados que fueron contumaces hasta la muerte[925]; también a los que mueren en desafío, aunque antes de morir hayan dado señales inequívocas de arrepentimiento[926], y a los que por desesperación o ira, pero no por locura, se matan a sí mismos[927]. Si hay alguna duda en este último caso, se concederá la sepultura eclesiástica, pero sin pompa, ni solemnes exequias. Por último, se niega a los pecadores públicos y manifiestos, que han fallecido impenitentes y de una manera impía. Cuando ocurriere alguna duda en algún caso particular, se acudirá al Obispo[928]; y si esto no se puede, por razón de la distancia o de otro grave obstáculo, sigan los párrocos la conducta más conforme a la suavidad y a la cristiana misericordia, sobre todo cuando se trata de fieles fallecidos repentinamente sin poder dar señales de arrepentimiento.

924. Se viola el cementerio del mismo modo que la Iglesia; y si ésta se viola, queda violado el cementerio cuando está a ella contiguo[929]. Con la sepultura de los indignos queda violado el cementerio, no sólo si estos son infieles, sino cuando en él se entierra a los herejes, a los cismáticos, a sus fautores, denunciados públicamente, o a los excomulgados vitandos.

925. Por cuanto, en algunos lugares, existen cofradías que pretenden gozar de total exención con respecto a la sepultura eclesiástica; para que todo camine en orden, y se aseguren los derechos de los curas, queremos que los Ordinarios examinen cuidadosamente el tenor de los documentos, en que tales exenciones se conceden, y destierren todos los abusos contrarios a la letra y al espíritu de los mismos, así como las pretensiones injustamente gravosas para los párrocos; y si alguna dificultad seria se presentare, sujétenla al fallo de la Santa Sede.

926. Para que no se multipliquen las dificultades en la sepultura de los que no la merecen, los párrocos, teniendo presentes las normas de una previsión paternal, y cumpliendo, ante todo, con todas sus fuerzas, los deberes de la caridad, con prudencia y empeño dispongan a los enfermos católicos, que han llevado una vida poco conforme con los principios cristianos, escandalizando con ella a los fieles, para que al menos mueran cristianamente: y si se prevee que han de ser inútiles y vanos los esfuerzos para convertirlos, no dejen de acudir oportunamente al Obispo, pidiéndole instrucciones y órdenes.

927. Para evitar la profanación de las sepulturas cristianas de los fieles, no se haga exhumación alguna de los cadáveres, o cenizas, de los que descansan en el Señor, sin expresa licencia del Obispo, aun cuando se trate de cementerios secularizados o profanados; y si el caso es tan urgente que no haya tiempo de recurrir al Ordinario, pídase, por lo menos, licencia al Vicario Foráneo o al cura, quienes cuidarán que la nueva sepultura sea decente y religiosa.

928. Cuando se viola el cementerio, necesita reconciliación, que practicará el Obispo del lugar en la forma prescrita por el derecho[930], o un sacerdote por él delegado, según la fórmula del Ritual Romano[931].

929. En los lugares donde los cementerios han sido profanados, o secularizados por las leyes civiles, téngase presente la respuesta del Santo Oficio de 13 de Febrero de 1862[932], en que se dan reglas oportunas para los párrocos que no tienen cementerio católico, a saber: 1o. Procurará el Obispo que los católicos tengan su propio cementerio; 2o. si esto no se pudiere, se verá si al menos se puede tener en el mismo cementerio un lugar distinto, para la sepultura de los católicos; 3o. si ni aun esto es posible, mientras se consigue la licencia, cada vez que se sepulta el cadáver de un católico, bendígase el lugar de la sepultura.

[921] S. Off. 19 Marzo 1886 (Coll. P. F. n. 1669).

[922] Pontifical. Rom. P. II. De bened. coemet.

[923] Ritual. Roman. de Benedict.

[924] Ritual. Rom. de Exequiis.

[925] Ritual Rom. de Exequiis.

[926] Conc. Trid. sess. 25. cap. 19 de ref.; Bened. XIV. Const. Detestabilem, 10 Noviembre 1752.

[927] S. Off. 16 Mayo 1886 (Coll. P. F. n. 1605).

[928] Ritual. Rom. l. c.

[929] Cap. Si Ecclesiam unic. de consecr. in Sext.

[930] Pontificale Rom. P. 11 De reconc. coemet.

[931] De Benedict.

[932] Coll. P. F. n. 1604.


<< >> Up Título Contenidos