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CAPÍTULO I
De la profesión de Fe

1. Por cuanto sin fe es imposible agradar a Dios y contarse en el número de sus hijos, Nos, los Padres de este Concilio Plenario Latino-Americano, empezando por la Fe, que es la raíz de la justificación, con solemne profesión confesamos y enseñamos todas las verdades que, como objeto de nuestra creencia, nos propone la Iglesia Católica, como reveladas por Dios, ya sea en solemne definición, ya sea en el ejercicio ordinario de su magisterio universal.

2. En especial admitimos y abrazamos las tradiciones Apostólicas y Eclesiásticas, y la Sagrada Escritura, conforme al sentido que la Santa Madre Iglesia ha sostenido y sostiene, y todas y cada una de las verdades enseñadas, definidas y declaradas por los Santos Concilios ecuménicos Tridentino y Vaticano, especialmente acerca del primado e infalible magisterio del Romano Pontífice, a quien reconocemos como sucesor de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, Vicario de Jesucristo, y Pastor y Doctor de toda la Iglesia Católica.

3. Reprobamos todos los errores condenados, ya sea por los Concilios Generales, y en especial el Vaticano, ya sea por los Romanos Pontífices, particularmente los que se expresan tanto en la Encíclica de Pío IX, de santa memoria, Quanta Cura y en el adjunto Sílabo[1], como en las Encíclicas de Nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII felizmente reinante que empiezan: Arcanum, del Matrimonio Cristiano, Diuturnum illud, sobre el poder temporal, Humanum genus[2], de la secta masónica, Immortale Dei, de la Constitución cristiana de los Estados, Libertas, de la libertad humana, Sapientiae Christianae, de los principales deberes de los ciudadanos cristianos, y Rerum Novarum, de la condición de los obreros. Y por cuanto no basta evitar la herética pravedad, si no se huye también con diligencia de todos los errores que más o menos se le acercan, advertimos a todos el deber que les incumbe de observar igualmente las Constituciones y Decretos en que la Santa Sede condena y prohibe otras perversas opiniones.

4. Recordando las palabras de Jesucristo: Todo aquél que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del hombre lo confesará ante los Angeles de Dios: y el que me negare delante de los hombres será negado ante los Angeles de Dios (Luc. XII, 8, 9); advertimos a todos los fieles que en ningún caso, ni aún para evitar la muerte, es lícito con palabras o con hechos negar la fe verdadera, por más que en el fondo del corazón se conserve, ni profesar exteriormente o simular una falsa. Por tanto, no es lícito suscribir una fórmula contraria a la fe católica, aunque el que subscribe diga que no quiere apartarse de la fe verdadera; ni tampoco es lícito prometer, de palabra o por escrito, observar lo que de cualquier manera es contrario a la misma fe católica.

5. Adhiriéndonos a las prescripciones Apostólicas declaramos que están obligados a hacer con el corazón y con los labios la canónica profesión de Fe, según la fórmula de Pío IV en la Constitución Iniunctum Nobis, y de Pío IX en el Decreto de la S. Congregación del Concilio de 20 Enero de 1877[3]: a) Todos y cada uno de los que, por derecho o costumbre, asisten al Concilio Provincial o al Sínodo Diocesano; b) los Provisores y Vicarios Generales antes que empiecen a desempeñar su cargo; c) los Vicarios Foráneos; d) todos los que obtengan en las Iglesias Catedrales alguna dignidad, canongía o beneficio residencial, y esto personalmente, y dentro de dos meses después de haber tomado posesión; e) todos los que tienen cura de almas también en persona y dentro de dos meses contados desde la toma de posesión; f) los examinadores sinodales; g) los Rectores de seminarios; h) todos, sean clérigos o seglares, los maestros de letras sagradas o profanas en los Seminarios mayores y menores, en los Institutos, Colegios o escuelas sujetas por legítima obediencia a la jurisdicción eclesiástica, aun cuando en ellas sólo se enseñen los primeros rudimentos a niños o niñas; para los maestros de escuela servirá una fórmula breve de profesión de fe, en idioma vulgar[4]; i) todos los que se convierten de la apostasía o de la herejía, empleándose en este caso una forma especial de abjuración[5].

[1] V. Append. ad Concilium Plenarium Americae Latinae, n. XXV; XXVI.

[2] V. Append. n. LII.

[3] V. Append. n. XL.

[4] V. Append. n. CXXXV.

[5] V. Append. n. CXXXIII.


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