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3. De la metáfora al filtro

A lo largo de la historia se ha utilizado la tecnología como una metáfora o figura para explicar la realidad. Así, por ejemplo, los griegos usaron imágenes tomadas de la alfarería para presentar el universo[32]. Santo Tomás de Aquino comparaba a Dios con un artesano. Después se tomará la figura del reloj mecánico para explicar los movimientos regulares de las esferas celestes y también para graficar la acción creadora de Dios. En 1377 el científico y filósofo francés Nicole d'Oresme acuñó la expresión: "el universo como mecanismo de relojería". La llamada edad moderna mantendrá y difundirá esta imagen del reloj[33]. También la máquina de vapor ha sido usada como figura. Hoy en día la computadora está sirviendo de la misma manera como una metáfora para diversas explicaciones de la realidad. Es común oír hablar en diversos campos como la sicología, la lingüística, la sociología, la economía, de input y output, de descodificación. Se escuchan también a menudo expresiones como "procesar" una determinada información, "programar", "retroalimentar".

Pero de la metáfora se puede pasar a un filtro que, en mayor o menor grado, resulte condicionante. Una mirada a la sociedad hodierna y a sus posibles tendencias hacia el futuro indica que las nuevas tecnologías terminan siendo en algunos casos una suerte de filtro distorsionante con relación a la aprehensión de la realidad. La distorsión generada puede llevar a prescindir de aspectos de la realidad. Algunos de estos aspectos pueden ser secundarios y como tales poco importantes. Pero se puede dar el caso también de que se prescinda de asuntos de fondo, como por ejemplo la pregunta por el bien y la verdad --esto es lo que ocurre cuando se coloca a la eficacia como el criterio supremo de valoración de la realidad y del obrar humano siguiendo la lógica de la racionalidad tecnológica--. Esta distorsión podría también afectar la valoración que se hace de la realidad generando juicios equivocados.

Este tipo de desviaciones constituyen uno de los aspectos más denunciados por los críticos de las tecnologías. Para muchos de ellos el problema principal estaría en que la tecnología terminaría influyendo no sólo en la captación misma de la realidad sino también en la manera como nos situamos frente a ella y como la percibimos. Esto se puede manifestar en los diversos ámbitos relacionales del ser humano: con la naturaleza, con los otros seres humanos, consigo mismo, y con Dios. Algunos incluso hablan de un problema epistemológico. Pero hay que tener cuidado con este tipo de opiniones, puesto que al hablar de un asunto epistemológico se puede poner en duda la capacidad misma de percibir y aprehender la realidad, lo cual es un evidente exceso. La influencia que puede generar la tecnología --y la misma cultura-- puede ser importante, pero no tiene cómo impedir que se conozca y aprehenda la realidad. La distorsión no llega a impedir la posibilidad de un conocimiento objetivo de la realidad.

Diversos autores han llamado la atención sobre el peso que la tecnología ha tenido en la historia humana para influir en la forma como se percibe la realidad y como el ser humano entiende su existencia. Tal el caso del mencionado Weizenbaum, quien desde un cierto tecnocentrismo sostiene: «Una herramienta es también un modelo para su propia reproducción y un guión para volver a representar la habilidad que simboliza. Ése es el sentido en el que es un instrumento pedagógico, un vehículo para instruir hombres en otros tiempos y lugares en modos adquiridos de pensamiento y acción. La herramienta, como símbolo en todos estos aspectos, así trasciende su papel como medio práctico hacia un fin determinado: es un constituyente de la recreación simbólica que hace el hombre de su mundo... La herramienta es mucho más que un mero artefacto; es un agente de cambio»[34]. En una línea semejante opina David Bolter: «Evidentemente no es cierto que la tecnología cambiante sea la única responsable de la cambiante visión de la humanidad respecto a la naturaleza, pero es claro que la tecnología de cualquier época proporciona una ventana atractiva a través de la cual los pensadores pueden observar tanto su mundo físico como metafísico»[35]. En ambos casos se le da a la tecnología una enorme importancia como una imagen --un modelo, un símbolo o una ventana-- a través de la cual aproximarse a la realidad. Pero no queda claro en ninguno de los dos qué peso y hasta qué punto puede esta imagen distorsionar gravemente la percepción de la realidad e influir en el juicio que se puede hacer de la misma.

Un pasaje que refleja una posición que puede ser calificada como una expresión del determinismo tecnológico puede ayudar a comprender un poco mejor los alcances del problema. Se trata de la opinión de Hugh McDonald, a pesar de su declarado tomismo: «Nuestra propia cultura tecnológica distorsionará fuertemente nuestras percepciones del mundo. El usuario de tecnología se encuentra enfocado en cierto modo por las herramientas que utiliza. La tecnología impondrá un determinado esquema de prioridades. Si no enfoca hacia algo, causa desatención respecto a otras áreas. Cualquier tecnología crea un nuevo esquema de hábitos mentales. Esto es especialmente cierto respecto de las computadoras, dado que no sólo extienden meramente nuestros miembros, sino nuestras facultades cognitivas y perceptivas. El conjunto entero de la tecnología informática cambia nuestros hábitos de percepción no meramente por accidente sino por diseño»[36]. McDonald manifiesta en este pasaje la influencia de McLuhan y su determinismo tecnológico. Neil Postman, a su vez, lo explica en términos simplistas que sólo se pueden ver como una caricatura: «a un hombre con un lápiz, todo le parece una lista; a un hombre con una cámara, todo le parece una imagen; a un hombre con un ordenador (computadora), todo le parecen datos. Y a un hombre con un papel pautado, todo le parece un número»[37]. Postman ha reinterpretado el aforismo de McLuhan «el medio es el mensaje» con una mayor atención a los elementos epistemológicos. En su ensayo Amusing Ourselves to Death plantea que los medios traen consigo una epistemología. Allí afirma que «un medio importante y nuevo cambia la estructura del discurso; lo hace alentando ciertos usos del intelecto, favoreciendo ciertas definiciones de inteligencia y sabiduría, y exigiendo cierto tipo de contenido en la frase, creando nuevas formas de contar verdades»[38].

Tanto McDonald como Postman muestran un exagerado sesgo tecnocentrista muy en la línea de McLuhan. Para ellos la influencia de la tecnología es totalmente condicionante. Es más, ésta es presentada como un filtro con consecuencias epistemológicas. No se descubre ninguna razón para plantear que la tecnología puede ejercer una influencia de tal naturaleza. Los mismos argumentos de autores como los mencionados sólo parecen demostrar que la tecnología ejerce una influencia, pero no conducen a concluir que ésta llega hasta la capacidad cognoscitiva. Y, además, le otorgan ese poder a la tecnología misma, lo cual parece a todas luces un exceso.

Todo lo anotado sobre los problemas del determinismo tecnológico y sus especulaciones epistemológicas no quitan sin embargo el hecho de que la tecnología sí ejerce una influencia sobre el ser humano. Pero dicha influencia, como se ha venido diciendo, sólo se torna posible en la medida en que la cultura le otorgue ese "poder" a la tecnología. La tecnología de por sí no tiene dicha capacidad. Es decir, depende de la idea que se tenga del lugar y peso de la tecnología. Y en todo ello dicha influencia tiene un límite en la capacidad cognoscitiva del ser humano y en el ejercicio de su libertad que lo puede llevar a permitir una determinada influencia o a rechazarla. No cabe en este sentido un determinismo tecnológico, como tampoco un determinismo culturalista. Sólo es posible que un producto tecnológico --como la computadora-- influencie de manera importante nuestros hábitos perceptivos y la valoración de la realidad si nuestra cultura --y dentro de ella cada persona concreta-- le da un determinado peso praxiológico al instrumento. El que eso esté sucediendo con frecuencia actualmente no sitúa el problema en la tecnología, sino que evidencia al menos dos cosas: 1. Una deficiencia en los hábitos culturales y críticos de las personas, a pesar de vivir en una era que ha sido calificada de "informatizada"; 2. Y, el papel central que se le está dando a la tecnología en un determinado contexto cultural.

Ahora bien, a todo lo dicho hay que añadir un elemento más. La influencia que adquiere la tecnología en una determinada cultura no se produce siempre de una manera explícita, ni siquiera uniforme. Es más, lo común es que se realice de forma velada, sin aviso. La interacción con la cultura se da en la vida cotidiana. La persona va asimilando y absorbiendo naturalmente sus elementos en su medio ambiente. Y en relación a la tecnología lo más común es que no se fije ordinariamente en los riesgos sino en los beneficios y comodidades que puede conseguir de ésta. Es claro, sin embargo, que no todos los ambientes tienen una misma presencia tecnológica, como es obvio también que no todas las concreciones de la tecnología ejercen un mismo tipo de influencia --las generalizaciones ayudan a fijar mejor el asunto aunque empobrecen decididamente la precisión en la percepción de la realidad--. Un aparato de televisión tiene evidentemente un peso mayor que un horno de microondas.

Todo lo señalado, sin embargo, sólo fija claramente que existe una influencia de la tecnología en la manera como el ser humano se entiende a sí mismo y a la realidad. Pero ello no convierte esa influencia ni en la única, ni en el filtro determinante. El reconocimiento de la evidente influencia de la tecnología no debe desembocar en un determinismo tecnológico que termine, además, centrándolo todo en la tecnología y en su influjo, es decir en un desafortunado tecnocentrismo. De igual forma, tampoco debe llevar a otorgar a la tecnología una autonomía tal que la sacaría totalmente del control y dirección del ser humano.

Lamentablemente hoy en día se prescinde a menudo de lo que hemos llamado la dimensión cultural de la tecnología. Esto conduce a graves problemas en la valoración de lo que es la tecnología y sobre todo en su lugar en la vida del ser humano. Los mismos críticos de la tecnología, como los mencionados Postman o McDonald, terminan cayendo en el juego del tecnocentrismo al otorgarle a la tecnología un poder que no tiene.

Pero además, se está difundiendo una cierta mentalidad que ha dado a la tecnología la preeminencia sobre todo, colocándola como el factor principal y determinante de la cultura. La hemos llamado la mentalidad tecnologista. Sus representantes principales son los promotores de la utopía tecnológica, como por ejemplo los que pertenecen al círculo de la revista «Wired». Sus raíces se pueden seguir hasta el nominalismo, pero sobre todo será con el Renacimiento que se forje definitivamente el perfil básico de esta nueva mentalidad. Esta mentalidad ha venido jugando un papel decisivo en la manera como se ha entendido la tecnología en las situaciones culturales concretas, y en muchos sentidos podría haber sido el principal factor para la difusión del tecnocentrismo. Para los que responden a esta mentalidad el ideal es una cultura tecnologizada, es decir organizada en torno al paradigma de la racionalidad tecnológica. Con ello se desplaza definitivamente la referencia a la naturaleza del ser humano y se prescinde de las preguntas por la verdad y el bien. Es la rendición a la primacía de la praxis sin ninguna referencia al "ser". En este tipo de modelo cultural la posibilidad de influencia de la tecnología y sobre todo de la asimilación de la racionalidad tecnológica como el criterio supremo de valoración de la realidad y del sentido de la existencia del ser humano es muy grande.

La pregunta por la dimensión cultural de la tecnología lleva así hacia la búsqueda de aquellos elementos en la cultura que hacen que la tecnología tenga un determinado peso e importancia. Y de entre los varios posibles hay que detenerse en esta forma mentis que hemos llamado mentalidad tecnologista, pues es la que está en el transfondo de las posturas tecnocentristas.

Germán Doig Klinge, Vicario General del Sodalicio de Vida Cristiana, miembro del Pontificio Consejo para los Laicos, forma parte del Consejo Editorial de la revista «VE». Participó como auditor en la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos. Entre sus obras se cuentan: Juan Pablo II y la cultura en América Latina; Derechos humanos y enseñanza social de la Iglesia; El silencio y la liturgia; De Río a Santo Domingo; Diccionario Río, Medellín, Puebla, Santo Domingo.

[32]Ver el Timeo (48a), donde Platón compara el trabajo de la deidad creadora con un artesano.

[33]Francis Bacon, Isaac Newton, Baruch Spinoza, John Locke, son algunos de los que usaron la figura del reloj para explicar la realidad.

[34]Joseph Weizenbaum, ob. cit., p. 18.

[35]J. David Bolter, Turing's Man. Western Culture in the Computer Age, University of North Carolina Press, Chapel Hill 1984, p. 10.

[36]Hugh McDonald, The Effects of Technology on Business, ponencia presentada en el «3rd Internation Conference Promoting Business Ethics», Niagara Falls, el 1 de noviembre de 1996: http://www.vaxxine.com/hyoomik/philo/numb1.htm.

[37]Neil Postman, Tecnópolis, Círculo de Lectores, Barcelona 1994, p. 26.

[38]Neil Postman, Amusing Ourselves to Death, Penguin Books, Nueva York 1986, p. 27.


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